Historia de un padre que vivió la cesárea de su esposa

¿Ansioso por el parto? ¿Los planes cambian en un dos por tres?

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Por: Abcdelbebe.com
abril 26 de 2013 , 05:59 p.m.

Las parejas que llegan a la clínica con una cesárea programada tal vez tienen todo claro. Saben a qué se someten. Probablemente sea igual para las que cumplen su sueño del parto natural. Pero no es tan fácil tener el control sobre tus emociones –y la cabeza fría para tomar las mejores decisiones– cuando, llegado el gran día, tienes que asumir en minutos la noticia de que el plan cambió y ya no llevarán a tu esposa a la sala de partos sino al quirófano: llevas nueve meses haciendo en tu mente la imagen del momento en el que verás a tu hijo por primera vez y, de repente, todo será diferente.

Si eres padre primíparo, como yo, debo decirte que nada te ha preparado para lo que viene. Y que si te deshaces de tus tabúes, te lo vas a gozar en grande.

Es probable que previamente te hayan dado la opción de entrar a la cesárea –algunas clínicas lo permiten; en la de La Mujer, desde hace un poco más de un año– y que hayas tomado el ‘curso para padres’, que en principio puede parecer un mero formalismo. Unas semanas antes del parto te reúnen con otros 40 futuros papás para explicarte tu papel en todo el proceso y que nadie se hará responsable de ti si te desmayas. La mayoría tenemos esa expresión de estar esperando el pasabocas que prometieron al final de la sesión.

Ese curso ayudará... un poco. El sentido común, en cambio, será tu mejor aliado.

Esteban nació a finales de febrero de este año. Venía muy bien, pero con el doctor programamos el parto inducido en la semana 39 porque mi esposa llevaba varias semanas con una reacción en la piel que se conoce como ‘pupp’, que se les manifiesta a un número reducido de embarazadas. No es grave, pero sí desesperante, y suele irse días después del parto.

Pero tras varias horas en la clínica, la inducción simplemente no funcionó. La cabeza del pequeño no ‘encajó’. Conclusión: había que hacer cesárea.

Ahí surgen tus temores más grandes en torno al embarazo. En mi caso, las historias que te han contado de niños que se enredan en sus cordones umbilicales y pueden estrangularse. Pero también las dudas: ‘¿Y si simplemente aún no es tiempo? ¿No será mejor esperar?’

No hay tiempo. Hay que actuar rápido. Y la clave está en confiar en tu médico, en haberlo elegido con tiempo y creerle: si le das crédito a su criterio, no serás un estorbo.

A las 8 p.m. llevaron a mi esposa a anestesia. Entre tanto, me dieron una bolsa con prendas médicas para poder entrar al quirófano. Mientras te pones esa ‘pinta’ de cirujano, se te pasan mil ideas por la cabeza. Algunas, hay que decirlo, no son agradables. Y el tapabocas no te ayuda a respirar bien –es probable que te lo hayas puesto como el tipo que hizo ‘el oso’ en televisión–. Empiezas a hiperventilar. Si tienes gafas, se te empañarán.

Las enfermeras te indican lo básico: hay que lavarse muy bien las manos. Mientras esperas fuera del cuarto de operaciones, transcurren unos 15 minutos, que a mí me parecieron horas. Cuando entras, encuentras a tu esposa consciente, pero no siente el cuerpo más abajo del pecho, y no puede ver hacia abajo porque la cubre una especie de telón, como un teatro de títeres. Te sientan al lado de su cabeza, para que puedas tomarle una mano y hablarle, así que debes decirle las palabras correctas. Tu rostro le dice todo a ella, así que procura deshacerte de ese lado de tu personalidad que se impresiona con ver una cirugía de abdomen abierto.

Claramente, ves casi todo. Serán unos 20 minutos de cirugía, en los que verás gasas con sangre y palas que sostienen abierto el vientre de ella. También verás la cabeza perfecta de tu hijo, a la que le abren camino a través del estómago. Nada de eso suena romántico, lo sé. Pero es así.

No llora aún, no dejes que eso te asuste. No lo hará hasta que el médico lo levante y lo lleve por encima del teatrino para que tu esposa y tú lo puedan ver. Esa es la imagen que finalmente más te marca ese día: verlo ‘volar’ hacia ti.

Nuevamente juega la confianza: puedes seguir con tu esposa, mientras hacen el alumbramiento (cuando retiran la placenta) y esperar a que el pediatra y las enfermeras hagan la adaptación del bebé en un cuarto contiguo, o levantarte e ir detrás de ellos, para ver qué ocurre con él. Escogí quedarme con ella unos cuatro minutos: necesitaba mi respaldo. Luego, una de las enfermeras me llamó y me llevó a donde estaba Esteban, minúsculo y espectacular, morado del frío. Lo vestí y abrigué. Ya era papá. Los tres sobrevivimos.

Me devolví adonde mi esposa y le dije: “Es perfecto”. Ella descansó y se la llevaron a reposo por unas cinco horas, al igual que al bebé.

La confianza dio fruto, pues la decisión del doctor de hacer la cesárea evitó a tiempo otro de mis grandes temores: el meconio, o la primera deposición del bebé. Cuando ocurre dentro de la placenta, puede causarle al niño graves problemas respiratorios y digestivos. Esteban ya la había hecho, flotaba en el líquido amniótico, y era cuestión de tiempo para que se la tragara. Alcanzaron a aspirarle un poco que tenía en la boca.

La sensación de frustración ante el parto natural fallido se diluyó inmediatamente. La cesárea también puede ser una experiencia apasionante. Pule tus nervios de acero como padre. Después de verlo nacer, sabes que estás preparado para vivirlo todo junto a tu hijo.

Por: Carlos Solano. Especial para 'ABC del Bebé'