Exponer a los niños a las discusiones no es tan malo

Los expertos explican por qué no hay que evitar que los menores tengan conflictos. 

Discusiones

Los expertos indican que es necesario enseñarle a los pequeños a actuar con calma ante los problemas.

Foto:

123rf

Por: Redacción ABC del bebé 
enero 22 de 2018 , 12:01 p.m.

Padres, maestros y cuidadores se sorprendieron hace pocos meses al leer una columna de opinión en The New York Times en la que Adam Graham, profesor de administración y psicología en la facultad Wharton de la Universidad de Pensilvania (EE. UU.), dijo que
había que dejar que los pequeños discutieran. “Dejen pelear a los niños en lugar de evitar las riñas. Deberíamos enseñarles cómo estar en desacuerdo sanamente (...)la habilidad de tener una discusión que no se vuelva personales crucial para la vida. Pero es una habilidad que pocos padres enseñan a sus hijos”

En resumen, la publicación era una invitación a que los adultos hicieran un cambio en su forma de actuar frente a los conflictos, y decía que para tratar el tema con los niños, lo que se debe hacer es enseñarles que estar en desacuerdo con alguien no es malo, sino que lo que está mal es asumirlo con agresividad.

Para la psicóloga y pedagoga especializada en neuropsicología escolar July Cárdenas, lo escrito por Graham tenía mucha razón, pues “los conflictos son un paso indispensable para que los seres humanos resuelvan sus diferencias y lleguen a un acuerdo que les permita una sana convivencia, lo cual se logra a partir del único medio para resolverlos: el diálogo.

Un postulado así requiere de ciertas pautas para que, a través de técnicas apropiadas con los menores, los padres y quienes se encargan de su formación y cuidado los guíen para buscar soluciones de sus problemas mediante la concertación.

Los estudios lo sustentan

En la guía ‘Cómo resolver conflictos familiares’,del Instituto de Mediación y Gestión de Conflictos, de la Universidad Complutense de Madrid (España), se afirma: “(...)en efecto, el conflicto no es ni bueno ni malo en sí, y el hecho de que intentemos evitarlo se debe a que el modo como habitualmente lo resolvemos no nos satisface,y esto ocurre en todo tipo de conflictos...”.

Además, en otro aparte del documento se anota: “(...) En un conflicto familiar no hay ganadores ni perdedores. O todos ganan o  todos pierden. Que todos ganen implica buscar la mejor salida para hallar soluciones pensando en las necesidades de las partes. Y eso no lo puede hacer uno solo”.

Así las cosas, abordar sanamente con los niños aquellos problemas no profundos de familia o pareja, sin esconderlos, les enseña que los mayores tienen diferencias en su forma de pensar y que esto es normal y, lo que es mejor, les puede suceder a ellos en cualquier momento de la vida.

Del mismo modo, una investigación de la Asociación para la Salud Mental de Niños y Adolescentes, en Estados Unidos, indagó a 235 familias con niños entre los 5 y los 7 años y encontró que aquellos pequeños cuyos padres discutían de forma constructiva se sentían mucho más seguros y tenían mejores habilidades sociales.

Haga de los conflictos un ejercicio constructivo

Pero ¿cómo hacer para que un conflicto, que se da como resultado de las diferencias, se convierta en algo constructivo? Básicamente, el entorno familiar es un espacio de comunicación y de encuentros, en los que las relaciones interpersonales están en constante acción.

Dichas relaciones –sostienen los expertos–pueden ser en sí mismas muy amorosas y fluidas como tensionantes y complicadas; el asunto está en saber decantar cada una, de manera acertada y positiva, abriendo espacios de diálogo y aprendizaje, sin llegar a la agresividad.

La guía sobre conflictos familiares de la Universidad Complutense explica que el conflicto puede ser útil “cuando hace posible alcanzar un nuevo plano relacional, es decir, cuando algunos o todos los miembros de la familia modifican, en mayor o menor medida, la forma de entender y manejar la situación que generó el desacuerdo, obteniendo nuevas herramientas para enfrentar futuros conflictos”.

Al definir que el primer espacio en el que los niños se exponen a discusiones es en su hogar, hay que decir que es allí donde el ejemplo es la pauta para que los pequeños inicien un proceso de aprendizaje en la resolución de conflictos. César Augusto Sierra, psicólogo y director de Psicología del Politécnico Grancolombiano, con sede en Medellín, dice que “lo más importante al tratar de enseñar a los niños es comunicar
con el ejemplo; a través de ello, debemos explicarles que se puede discutir, que existen puntos de vista diferentes, sin que esto trascienda en un proceso de rabia hacia el otro, de ira hacia los demás, sino que todo se puede resolver llegando a acuerdos mutuos, lo cual es posible comunicándonos calmada y tranquilamente”.

Además, el que los menores vean a sus padres solucionando sus discrepancias les enseña que es posible superar cualquier dificultad y les envía un mensaje de seguridad en que su hogar se mantendrá unido y en armonía.

"Lo más importante al tratar
de enseñar a los niños es
comunicar con el ejemplo"
Sea maestro de conciliación

Para la doctora July Cárdenas, los padres son los primeros y más importantes maestros de sus hijos. “Si son papás conciliadores que buscan ambientes de diálogo para resolver sus diferencias, sus hijos lo aprenderán, pero si, por el contrario, son padres que se expresan con gritos y de forma agresiva,también lo aprenderán, y lo manifestarán cada vez que deban enfrentarse a una situación conflictiva”.

Por su parte, Sierra añade que cuando los padres de familia asumen una posición mediadora frente a los conflictos y, además, lo hacen delante de sus pequeños
con una actitud mediática, permitiendo que presencien su diálogo, sus niños irán generando patrones de conducta similares en sus relaciones futuras no solo con la familia, sino que lo replicarán con sus amigos o con los adultos con los que se relacionen.

Ahora, si de forma errada los conflictos en el hogar se dirimen de manera hostil, con enojo y bajo tácticas como la agresión física o verbal, la amenaza y el insulto personal, esa discusión equivocada puede afectar la seguridad emocional de los pequeños porque los lleva a experimentar preocupación, ansiedad, miedo y desesperanza.

"En familia se pueden abordar problemas
cotidianos, buscando que cada miembro
aporte razones e ideas para solucionarlos
y llegar a acuerdos"
Estrategias para que aprendan con el ejemplo

La psicóloga y directora del Centro Psicopedagógico De la Mano, July Cárdenas, sugiere que lo primero que los padres deben poner en práctica y, obviamente, enseñar
a sus niños son algunas estrategias básicas de autocontrol emocional que les permitan enfrentarse acertadamente a ciertas emociones como la ira y el enojo. “Existen dinámicas que se trabajan con los niños en edad escolar y que también son válidas para los adultos, como, por ejemplo: la del pez globito, que cada que se enoja respira profundo varias veces para inflarse; la técnica de la tortuga, que se esconde y aprieta sus puños al enojarse; contar lentamente hasta 10 e incluso, la técnica de comportarse
como estatua”.

Todas ellas les permitirán mantener el control, dialogar exponiendo sus argumentos y pensando en la forma cómo ambas partes involucradas en el conflicto pueden salir beneficiadas. “Es importante mostrar a los niños que al asumir un conflicto de forma agresiva, lo que haremos es que el problema se vuelva más grande y que todos los involucrados vivan tristes, enojados y amargados”.

El doctor César Augusto Sierra recomienda que, en familia, se identifiquen las situaciones que pueden desencadenar un conflicto y se inicie un juego.

“Una técnica muy amigable con los niños es la de simulación, en la que, a partir de preguntas, los involucremos en la resolución de conflictos. Diciendo, por ejemplo: ¿tú qué harías frente a esta situación? ¿Tú qué no harías? ¿Por qué te parece que esta es la mejor solución del problema? Así, nuestros niños van a entender que ante un conflicto lo indicado es dialogar, que existen distintos puntos de vista,pero que debemos llegar
a acuerdos”.

Las situaciones propuestas deben ser simples, como decidir si vamos a pasear o al cine, por qué arreglar o no el cuarto o cuándo y por qué compartir los juguetes. En fin, casos cotidianos del día a día.